Miguel Núñez • 21 abril, 2017
Ayudar a los demás es un mandato cristiano claro, pero cuando esa persona es perezosa, el deber se vuelve más complejo de lo que parece. La Biblia llama a amar al prójimo como a uno mismo, y ese amor incluye expresar cuidado hacia los demás de manera similar a como Dios cuida de los hombres, tanto creyentes como no creyentes, a través de su gracia común. Sin embargo, ese cuidado nunca debe traducirse en alimentar actitudes que dañan a la persona que queremos ayudar.
Cuando alguien vive en dificultad económica por su propia pereza, darle dinero de forma rutinaria no lo saca de ese hábito, sino que lo refuerza. En ese sentido, ayudarlo sin más podría convertirse en complicidad con su situación. Lo que esa persona necesita no es solo asistencia material, sino confrontación amorosa y, muchas veces, educación que le ayude a entender el valor y las bendiciones de una vida proactiva y responsable.
Aun así, hay momentos en que incluso el perezoso enfrenta una necesidad aguda y puntual, como una enfermedad o un accidente, que merece una respuesta diferente. En esos casos, retener la ayuda por su historial de pereza no sería una actitud cristiana. El pastor Núñez ilustra esto con el pueblo de Israel: a pesar de su infidelidad, Dios los socorrió en momentos críticos y luego les hizo rendir cuentas en otro tiempo y de otra manera.
El principio que queda es doble: en lo general, no se debe sostener la pereza; en lo particular, ante una crisis genuina, la misericordia debe prevalecer, mostrando el carácter de un Dios que también ha actuado así con nosotros.