Miguel Núñez • 1 agosto, 2018
Cuando un hijo cristiano decide casarse con una persona incrédula, los padres creyentes enfrentan una situación que exige mucho más que silencio o tolerancia. El primer paso no es simplemente expresar desacuerdo, sino orientar al hijo hacia consejería seria, tanto de parte de los padres como del pastor, porque quien dice ser creyente y aun así busca unirse a un incrédulo no tiene ningún aval bíblico que respalde esa decisión. La Palabra es clara al prohibir el yugo desigual, y esa claridad debe ser el punto de partida de toda conversación.
Si después de recibir consejo el hijo insiste en seguir adelante, los padres deben trazar una línea firme. Eso significa retirar no solo el apoyo económico, sino también el apoyo moral, y no participar en la ceremonia. Estar presentes en esa boda equivaldría a bendecir algo que Dios no bendice, y eso el pastor Núñez lo señala con toda claridad.
Hay quienes, incluso entre pastores, argumentan que un creyente podría casarse con un incrédulo pensando en ser instrumento de conversión para esa persona. Pero el matrimonio nunca fue diseñado como un medio de evangelización. Aunque Dios en su misericordia haya usado esa situación en casos excepcionales, las excepciones las decide Él, no nosotros. A nosotros nos toca seguir las reglas.
La realidad práctica lo confirma: desde la primera semana comienzan los choques, en los horarios, en la crianza de los hijos, en los valores. Un matrimonio entre creyente e incrédulo está abocado al conflicto desde su inicio, y esa es razón más que suficiente para no abrirle la puerta.