Miguel Núñez • 5 julio, 2018
Cuando un amigo o familiar invita a un creyente evangélico a ser padrino o madrina de bautizo en la Iglesia Católica, la respuesta correcta no es simplemente decir que no. Hay formas de negarse que tampoco son bíblicas: quedarse callado sin dar ninguna razón, o inventar una excusa falsa como decir que uno estaba enfermo. Ninguna de esas salidas honra a Dios ni sirve a la otra persona.
La posición que el pastor Miguel Núñez sostiene es clara: el creyente no debe participar, pero sí debe sentarse con los padres del niño y explicarles con amor y honestidad el porqué. El problema de fondo es teológico: el bautismo que practica la Iglesia Católica es presentado como un sacramento que produce perdón de pecados y una infusión de gracia divina sobre el infante. Eso, desde una perspectiva bíblica, no ocurre de esa manera. La Biblia enseña que el bautismo es para creyentes, para quienes ya han conocido a Cristo y pueden dar testimonio de una fe que ya existe en ellos. Pararse como padrino en esa ceremonia equivaldría a endosar públicamente algo que no solo uno no cree, sino que es contrario a las Escrituras.
La conversación con los padres debe hacerse con gracia y sin hostilidad, agradeciendo el honor de haber sido considerado, pidiendo que no haya ofensa, y terminando si es posible con una oración juntos. Así se afirma la relación sin comprometer la conciencia. Si uno se niega sin explicar nada, pierde la oportunidad de testificar y deja a la otra persona con más razones para malinterpretar o enemistarse.