Miguel Núñez • 18 octubre, 2017
El hombre no está capacitado para cumplir los Diez Mandamientos. Ni lo estuvo en el Antiguo Testamento, ni lo está en el Nuevo. Esta es la realidad que la Biblia presenta con absoluta claridad, y negarla sería ignorar tanto la experiencia cristiana como la enseñanza apostólica. Nacer de nuevo nos da una mejor capacidad para avanzar en la obediencia, pero ningún ser humano —excepto Cristo en su encarnación— ha podido cumplir perfectamente la ley de Dios.
Romanos 7 lo expresa con una honestidad que desarma: el creyente quiere hacer el bien, pero descubre que en sus miembros hay una ley que hace guerra contra su mente. Hay deseos caídos que permanecen en el cuerpo porque este aún no ha sido glorificado. Los reformadores y puritanos los llamaban pecados residuales, y Martín Lutero los resumía en una paradoja que sigue siendo verdad: somos justos y pecadores al mismo tiempo. Justos porque Dios nos declaró justos; pecadores porque seguimos fallando.
Pablo ilustra esta angustia con la imagen de alguien encadenado a un cadáver, una pena que se aplicaba en tiempos romanos. Ese cuerpo muerto hería, despedía un olor putrefacto, y quien lo cargaba anhelaba desesperadamente ser liberado. Así describe su propia condición, y así lanza la pregunta: ¿quién me librará? La respuesta no es un esfuerzo mayor, sino una persona: Jesucristo, quien murió en nuestro lugar y sigue siendo el refugio al que corremos después de cada caída.
La salvación fue por gracia, y la santificación también lo es. No perseveramos por la fuerza de nuestra voluntad, sino porque la gracia de Dios nos sostiene, nos levanta y nos hace caminar de nuevo.