Miguel Núñez • 2 octubre, 2017
Una esposa creyente que enfrenta maltrato físico de parte de su esposo se encuentra ante una tensión real: la Escritura llama a la esposa a someterse a su esposo, pero esa sumisión no puede entenderse como una rendición ante quien viola abiertamente la Palabra de Dios. El abuso físico es precisamente esa violación, y desde ahí parte toda la orientación que el pastor Núñez ofrece en esta enseñanza.
El primer paso es siempre buscar ayuda pastoral. La esposa debe acudir a su pastor o líderes para recibir guía, y dependiendo del contexto legal de cada país, puede ser necesario también presentar una denuncia ante las autoridades. En la República Dominicana, incluso el pastor o un vecino que tenga conocimiento del abuso está legalmente obligado a notificarlo. Esta denuncia no es el fin del matrimonio, sino una intervención que puede ser el inicio de un proceso de restauración. Lo que se busca no es el divorcio inmediato, sino la protección de la esposa y la posibilidad de que el esposo entre en un proceso de consejería y arrepentimiento.
Si la separación física se hace necesaria para proteger la vida de la esposa, eso es válido. Pero la orientación bíblica, apoyada en lo que Pablo enseña en 1 Corintios 7, es que si no hay adulterio como causa, la esposa debe permanecer sin casarse mientras se espera ver si Dios obra en el esposo. Solo si el esposo decide divorciarse o cometer adulterio habría una base bíblica para que ella proceda con el divorcio, y siempre con motivos íntegros delante de Dios.