Miguel Núñez • 20 junio, 2018
La pregunta sobre si la danza puede usarse en las iglesias como ministerio de alabanza parece sencilla, pero exige una reflexión cuidadosa antes de responderla. Lo primero que hay que dejar claro es que la danza en sí misma no es pecaminosa, especialmente cuando se realiza en un contexto cristiano. El pueblo de Israel celebraba con danza, y David mismo lo hizo en una ocasión de gran gozo. El verdadero asunto no es si la danza es mala, sino si tiene un lugar apropiado dentro de la vida de la iglesia.
Para evaluar cualquier elemento que se quiera introducir en la reunión congregacional, el pastor Miguel Núñez propone hacerse varias preguntas: ¿edifica? ¿involucra a toda la congregación? ¿distrae la atención? ¿contribuye a exaltar la gloria de Dios y a preparar el corazón para la Palabra? ¿ha tenido lugar en la historia de la iglesia a lo largo de los siglos? Cuando algo no ha aparecido en dos mil años de historia de la iglesia que Cristo mismo dirige, hay razones para ser prudentes antes de introducirlo.
Aplicando ese criterio, el pastor Núñez señala que la reunión dominical de adoración congregacional —donde todos deben participar y el flujo natural debe llevar hacia la predicación de la Palabra— no es el contexto más adecuado para la danza. Ha observado que se convierte en un elemento altamente distractivo, y que puede generar desorden cuando otros en la congregación comienzan a imitarla espontáneamente.
En cambio, una celebración especial como el aniversario de la iglesia, donde el propósito es precisamente festejar, sería un contexto más apropiado. Así como David danzó fuera del templo y el pueblo de Israel lo hacía en las calles durante la fiesta del tabernáculo, hay momentos y lugares para la danza cristiana que no interrumpen la adoración ordenada del pueblo reunido.