Miguel Núñez • 12 septiembre, 2017
Cuando un creyente busca mejorar su situación económica, la pregunta más importante no es qué quiere lograr, sino desde dónde parte para lograrlo. Esa es la tensión que el pastor Núñez plantea en esta respuesta: la línea entre una motivación legítima y una que puede llevar al pecado puede parecer muy delgada, pero sus consecuencias son enormemente distintas.
Para ilustrarlo, el pastor Núñez propone un ejemplo concreto: un hombre con esposa e hijos cuyo nivel de ingreso no alcanza para cubrir bien las necesidades del hogar. Ese hombre puede decidir estudiar o emprender negocios diciéndose que lo hace para mejorar económicamente, y eso puede sonar razonable. Pero hay otra manera de entender la misma situación: reconocer que Dios lo ha puesto como proveedor de su familia, que su esposa no debería levantarse cada día cargada de preocupación, y que sus hijos merecen una educación digna. Desde esa perspectiva, la meta no es el dinero, sino honrar el rol que Dios le dio.
La diferencia no es solo de palabras. Cuando la prosperidad es la motivación primaria, la tentación de recurrir a prácticas no éticas crece, porque cualquier camino que genere más dinero parece justificable. En cambio, cuando la motivación es honrar a la familia y cumplir el llamado de proveedor, esas mismas prácticas se vuelven inaceptables, porque contradicen el propósito real.
La prosperidad puede ser un resultado, incluso una bendición de Dios, pero nunca debe ser la meta principal de un cristiano. La gloria de Dios y el cumplimiento fiel de los roles que Él otorga son los valores que deben orientar cada decisión.