Miguel Núñez • 12 abril, 2017
El ayuno bíblico no es una técnica para doblar el brazo de Dios ni una fórmula para obtener lo que se desea. A lo largo de toda la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el ayuno aparece ligado a momentos de profunda necesidad, amenaza o búsqueda de dirección, y su propósito central es siempre la comunión más íntima con Dios.
Los ejemplos son elocuentes. La reina Ester convocó un ayuno colectivo ante la amenaza de exterminio de su pueblo, y Dios respondió con misericordia. Nehemías hizo lo mismo en tiempos de peligro, y ese ayuno desembocó en una confesión nacional de pecado. Daniel y sus amigos, llevados cautivos a Babilonia, practicaron un ayuno parcial para mantenerse fieles a su identidad como pueblo de Dios. Jesús mismo ayunó cuarenta días en el desierto, buscando comunión íntima con el Padre. Y cuando le preguntaron por qué sus discípulos no ayunaban, respondió que mientras el novio está presente no hay razón para la aflicción, pero que cuando él partiera, habría ocasión de hacerlo.
El pastor Núñez subraya que el ayuno no cambia la voluntad de Dios ni lo convence de darnos lo que pedimos. Dios ya quiere darnos más de lo que pedimos; el problema es que muchas veces pedimos las cosas equivocadas. El ayuno, más bien, afina los oídos espirituales del creyente para discernir mejor la guía de Dios a través de su Palabra y la oración, especialmente en tiempos de estrés, dificultad o decisiones importantes.
En definitiva, ayunar es una declaración —pública o privada— de que el creyente aparta tiempo especial para buscar a Dios, no para manipularlo, sino para entender cómo proceder conforme a su voluntad. Es un acto que aumenta la sensibilidad espiritual y orienta el corazón hacia la dirección que solo Dios puede dar.