Miguel Núñez • 4 septiembre, 2017
Malinterpretar la Biblia no es siempre pecado, pero tampoco es siempre inocente. La respuesta depende de algo mucho más profundo que el error en sí mismo: depende de lo que está ocurriendo en el corazón de quien enseña y del esfuerzo que hizo —o dejó de hacer— antes de abrir la boca.
Hay dos situaciones en las que la mala interpretación sí constituye pecado. La primera es la negligencia: cuando alguien no estudia, no escudriña, no le presta atención suficiente a lo que Dios ha revelado, y aun así enseña. La segunda es aún más seria: cuando quien enseña no busca glorificar a Cristo ni edificar al pueblo, sino imponer su propia agenda, usando los versículos como respaldo para lo que ya decidió decir. En ambos casos hay una falta real delante de Dios.
Pero hay una tercera situación que es muy diferente. Cuando alguien estudia con honestidad, hace el esfuerzo que puede, enseña con el genuino deseo de glorificar a Dios y edificar a su iglesia, y aun así llega a una conclusión equivocada —eso no es pecado. Es limitación humana. El pastor Núñez recuerda que todos los que enseñan la Biblia han sido corregidos en algún momento, y que incluso Apolos, descrito como un hombre poderoso en la palabra, necesitó que Priscila y Aquila le explicaran el evangelio con mayor precisión.
Segunda Timoteo 2:15 lo resume todo: Dios llama a sus obreros a manejar su palabra con precisión. El juicio final sobre si hubo pecado o no dependerá de si la imprecisión fue fruto de holgazanería espiritual o simplemente del límite honesto de quien sí procuró presentarse aprobado delante de Él.