Miguel Núñez • 12 julio, 2017
La masturbación es un tema que la Biblia no aborda de manera directa, y eso exige humildad antes que dogmatismo. No hay una prohibición explícita en las Escrituras, pero eso no significa que la práctica esté libre de consideraciones morales y espirituales serias. La sabiduría que el Espíritu Santo ha dejado en la Palabra de Dios permite iluminar situaciones que no están resueltas con un solo versículo.
Lo que sí resulta claro es que esta práctica rara vez ocurre en aislamiento. En muchos casos va acompañada del uso de pornografía, lo cual introduce un pecado evidente desde el principio. El pastor Núñez también señala el riesgo real de adicción: ha atendido en consejería a personas que llegan a practicarla dos o tres veces al día sin poder detenerse. La Palabra advierte que no todo lo lícito es conveniente, precisamente porque ciertas cosas, aunque no sean pecado en sí mismas, pueden esclavizar.
Hay además implicaciones relacionales que merecen atención. El joven en noviazgo que recurre a esta práctica con frecuencia alimenta fantasías con su novia u otras mujeres, entrando en fornicación mental. El hombre casado que se autosatisface puede llegar a perder el deseo genuino por su esposa, convirtiendo algo aparentemente privado en un acto de egoísmo que daña el matrimonio.
Frente al caso del esposo de viaje que recurre a esto en lugar de buscar a otra persona, el pastor Núñez reconoce que hay situaciones individuales que requieren conversación pastoral antes de emitir un veredicto. Lo que se puede ofrecer son vallas de sabiduría que ayuden a cada persona a discernir los límites que está cruzando, o en riesgo de cruzar.