Miguel Núñez • 26 junio, 2018
¿Puede un creyente dejar de congregarse? La respuesta no es tan sencilla como un simple "nunca", pero tampoco deja mucho espacio para excusas. Hay situaciones excepcionales que cualquiera podría entender: si alguien vive en una región apartada donde la única iglesia disponible predica herejías, sería legítimo no asistir y buscar alimento espiritual por otros medios, como el internet. Pero esos casos son precisamente eso: excepciones con razones claras y válidas, no la norma.
Lo que no constituye una razón válida es la preferencia personal. Si la predicación es fiel a la Palabra pero el estilo de adoración no nos gusta, eso no justifica alejarse. El pastor Miguel Núñez lo ilustra con algo vivido en su propia iglesia: durante años no estuvo satisfecho con la profundidad de las canciones que se cantaban, muchas de ellas superficiales según su criterio. Sin embargo, no se fue ni abandonó el proceso. En lugar de eso, acompañó a aquellos jóvenes de 22 y 23 años en un camino de madurez que, con el tiempo, dio fruto. Hoy ese pastor de adoración tiene 43 años, lleva dos décadas en la iglesia y da buen testimonio.
La base de todo esto no es una opinión, sino un mandato claro de la Escritura. Hebreos 10:25 lo dice sin rodeos: no debemos dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortarnos unos a otros, especialmente al ver que el día se acerca. El creyente no es una isla; tiene algo que recibir del cuerpo de Cristo y algo que entregarle. Ausentarse sin causa es dejar esa responsabilidad sin cumplir.