Miguel Núñez • 28 noviembre, 2017
Satanás no puede leer nuestros pensamientos. Esta afirmación, sencilla pero teológicamente importante, desafía una creencia muy extendida en ciertos círculos evangélicos que atribuyen al enemigo una capacidad que, en realidad, pertenece exclusivamente a Dios. La omnisciencia —la habilidad de saberlo todo, incluyendo los pensamientos de todos los seres humanos al mismo tiempo— es un atributo divino que ninguna criatura posee. Y Satanás, por más poderoso e inteligente que sea, sigue siendo una criatura.
Reconocer esto no es subestimar al enemigo. El pastor Miguel Núñez distingue cuidadosamente entre dos cosas: leer pensamientos y poner pensamientos. Lo primero exige omnisciencia; lo segundo, no. Para ilustrarlo, usa una imagen cotidiana: una persona puede inducir pensamientos en otra mediante su apariencia, sus palabras y su comportamiento, sin necesidad de leer su mente. Si un ser humano puede lograr eso, Satanás, con toda su sagacidad y experiencia, puede hacerlo con mucha mayor eficacia. Esa capacidad de seducción e inducción es real y no debe minimizarse.
El peligro más grave no está en un lado sino en los dos extremos. Sobreestimar a Satanás lleva a una vida de temor paralizante, como si nuestros pensamientos más íntimos estuvieran permanentemente expuestos a él. Subestimarlo lleva a la ingenuidad. El recordatorio es sobrio: Satanás derribó a seres creados sin pecado, en un mundo perfecto, en una sola conversación. Eso exige que lo tomemos en serio, pero sin atribuirle atributos que solo pertenecen a Dios.