Miguel Núñez • 13 agosto, 2018
El infierno es real, pero su descripción en la Biblia es más profunda y más terrible de lo que muchas veces imaginamos. Cuando Jesús habló de llanto y crujir de dientes, no estaba simplemente describiendo un llanto continuo, sino un estado de agonía total: una tristeza aplastante mezclada con ira, la desesperación de quien comprende que pagará eternamente por las decisiones tomadas en esta vida. A eso se suma que será un lugar de tinieblas, lo cual tiene sentido si se entiende que Dios es luz y que su presencia gloriosa no se manifestará allí.
Sobre el fuego eterno, el pastor Miguel Núñez sostiene que se trata de un símbolo, pero no de uno que minimice la realidad, sino todo lo contrario. Así como el cordero sacrificado en el Antiguo Testamento era un símbolo menor que apuntaba a algo mayor —Cristo mismo—, el fuego del infierno apunta a un sufrimiento que superará incluso lo que ese símbolo comunica. La realidad será peor que la imagen.
Quizás el aspecto más devastador del infierno sea la desesperación total causada por la ausencia de la gracia de Dios. El pastor Núñez lo ilustra con algo cotidiano: un vaso de agua que alguien te trae, la atención de un médico, son expresiones de la bondad de Dios en esta vida. En el infierno no habrá ninguna de esas expresiones. Y para anclar esta idea, señala que cuando el Padre apartó su rostro de Cristo en la cruz, el mismo Hijo de Dios clamó en desesperación. Eso da una pequeña pero estremecedora idea de lo que significa existir eternamente sin ningún rastro de la gracia divina.