Miguel Núñez • 10 abril, 2017
Saber que la Biblia es la Palabra de Dios no es simplemente una cuestión de fe ciega ni de autoridad declarada sin más fundamento. Aunque Dios mismo la afirma, el pastor Núñez reconoce que esa afirmación puede empujar a una pregunta más profunda: ¿cómo sabemos que fue Dios quien habló? Y es precisamente desde esa tensión que se construye una respuesta sólida y multifacética.
El primer argumento es el de la correspondencia con la realidad. Si la Biblia es inerrante e infalible, debe resistir el escrutinio, y lo ha hecho. Historiadores, arqueólogos y científicos la han examinado por siglos, y sus registros han demostrado ser consistentes con la verdad histórica. En particular, los documentos del Nuevo Testamento han sido reconocidos como los más confiables del mundo antiguo, hasta el punto de que personas que intentaron refutar la resurrección de Cristo terminaron de rodillas reconociéndolo como Señor y Salvador. Si Cristo resucitó, entonces es Dios, y lo que Él enseñó debe ser verdad.
A esto se suma la coherencia interna de las Escrituras: las profecías del Antiguo Testamento se cumplieron con precisión en el Nuevo Testamento, incluyendo las predicciones que el mismo Cristo hizo sobre su muerte y resurrección. Esa correspondencia entre lo anunciado y lo cumplido apunta inevitablemente a un origen sobrenatural.
Finalmente, está el poder transformador de esta Palabra. Ninguna otra revelación humana ha cambiado vidas de manera tan extraordinaria y sostenida a lo largo de la historia. Ese fruto, que ningún esfuerzo humano puede explicar, es también evidencia de que detrás de estas páginas hay algo —y Alguien— que va mucho más allá de lo que cualquier autor humano podría producir.