Miguel Núñez • 13 julio, 2018
Muy poca gente tiene el don del celibato, y confundirlo con una soltería no deseada puede llevar a conclusiones equivocadas sobre la propia vida. El pastor Núñez aborda esta pregunta con franqueza: no basta con no haberse casado para asumir que Dios ha llamado a alguien al celibato. Hay una diferencia fundamental entre no haber encontrado pareja y haber recibido genuinamente ese don.
¿Cómo reconocerlo entonces? El pastor Núñez señala tres señales concretas: la persona no tiene deseo de casarse aunque se le presenten oportunidades, su celibato está orientado a una entrega primaria al ministerio —no simplemente a una vida cómoda o independiente—, y se encuentra en paz siendo soltera. Pablo mismo lo expresa en 1 Corintios 7.7 cuando dice que desearía que todos fueran como él, pero reconoce que cada cual ha recibido de Dios su propio don, uno de una manera y otro de otra.
Para quien desea casarse pero no lo ha logrado, el camino no es resignarse bajo la etiqueta del celibato, sino examinar con honestidad qué puede estar impidiendo ese paso. Puede ser falta de exposición a una comunidad de creyentes, rasgos de carácter que alejan a otros, inestabilidad laboral o actitudes que generan distancia. Estos no son obstáculos insuperables, sino áreas de crecimiento personal que vale la pena trabajar.
La invitación final es a la confianza y la oración. Quien desea compañía debe seguir buscando a Dios en ese deseo, esperando en paz que Él provea, sin apresurarse a etiquetar como vocación lo que quizás es simplemente una temporada aún sin resolver.