Miguel Núñez • 10 julio, 2018
Determinar si una iglesia es hereje no es tan simple como parece, pero sí existe un punto de partida claro: el evangelio. Sin él, una congregación no es verdaderamente una iglesia, sin importar el tamaño de su edificio o la prominencia de su nombre. El evangelio no es un detalle secundario; es lo que define la naturaleza misma de la iglesia.
¿Qué es ese evangelio? Cristo se encarnó porque el hombre tenía una necesidad que no podía resolver por sí mismo: su condición de pecado. Nunca pudo cumplir la ley, y nunca podrá. Por eso Cristo vino, cumplió la ley a cabalidad, fue a la cruz y murió en lugar del pecador, resucitó al tercer día, y ahora todo aquel que reconoce su condición, se confiesa y pide perdón, nace de nuevo y puede entrar al reino de los cielos. Una iglesia que no proclama esto claramente, o que enseña la salvación por obras, ha comprometido lo esencial.
Junto al evangelio, hay otros elementos no negociables. Cristo debe ser reconocido como Dios; un grupo que niega su divinidad —como lo enseña Filipenses 2— no puede llamarse iglesia verdadera. El pastor Núñez también recuerda lo que los reformadores señalaron como marcas mínimas de la iglesia: la predicación del evangelio, la administración de los sacramentos —comunión y bautismo— y la disciplina eclesiástica para mantener la santidad del nombre de Dios.
La Biblia también debe ocupar un lugar de alta estima. Lo ideal es reconocerla como infalible, pero lo imprescindible es reconocerla como la Palabra de Dios. Cuando cualquiera de estos pilares se negocia, la iglesia deja de ser lo que Dios diseñó que fuera.