Miguel Núñez • 1 diciembre, 2017
Determinar si lo que un creyente experimenta proviene de un ataque de Satanás o de su propia naturaleza humana es una de las preguntas más difíciles de responder, no porque sea teológicamente compleja, sino porque somos criaturas con emociones, pensamientos y voluntades que pueden engañarnos. Nuestros propios pensamientos son capaces de producir angustia, agobio y opresión sin que el diablo tenga nada que ver. Esa es la tensión real: distinguir entre lo que viene de adentro y lo que viene de afuera.
La Escritura sí enseña que Satanás puede atacar a un creyente sin poseerlo. El caso de Job lo ilustra con claridad, y el aguijón en la carne del apóstol Pablo —llamado "mensajero de Satanás", usando la palabra griega ángelos— sugiere que incluso siervos maduros pueden ser objeto de ataques demoniacos. Así que el problema no es si esos ataques existen, sino cómo reconocerlos. Una posible señal es cuando alguien está caminando bien con Dios, sin pecado conocido, orando y leyendo su Biblia, y aun así experimenta una pesadez, una opresión o una distracción muy atípica en él, sin razones aparentes que la expliquen.
Ante esa incertidumbre, el pastor Núñez propone una respuesta práctica y profundamente humilde: llevarle a Dios la situación sin pretender saber exactamente qué la causa. Orar diciéndole al Señor "no sé si esto viene de mí o del enemigo, pero tú tienes poder sobre ambas cosas" no es una oración débil —es una oración de confianza total. Y esa confianza es, precisamente, lo que el Padre busca en sus hijos.