Miguel Núñez • 25 octubre, 2017
La Reforma Protestante no fue simplemente el resultado de la valentía de unos pocos hombres con convicciones teológicas. Fue el encuentro providencial de múltiples fuerzas históricas, sociales y tecnológicas que Dios orquestó para que las doctrinas bíblicas pudieran ser difundidas de una manera sin precedentes.
Uno de los factores más concretos fue la invención reciente de la imprenta, que permitió reproducir documentos a una escala imposible antes. A esto se sumó el movimiento del Renacimiento, que con su llamado a regresar a las fuentes —el conocido ad fontes— creó un clima intelectual favorable para redescubrir la Biblia como documento original. Fue precisamente en ese contexto que el humanista Erasmo produjo una traducción del Nuevo Testamento al griego, texto con el que Lutero trabajó directamente, dejando atrás la Vulgata latina que había dominado por siglos.
Pero no todo era espiritual o académico. Había también un profundo descontento popular con la Iglesia de Roma: su opulencia, la inmoralidad de sus líderes y el dominio político que el Papa pretendía ejercer sobre emperadores y reyes. Muchos gobernantes europeos, como los electores alemanes, vieron en la Reforma una oportunidad para sacudirse ese yugo y declarar su independencia del papado, lo que facilitó que el movimiento se popularizara políticamente en distintas naciones.
Todo esto, sin embargo, no fue casualidad. Por encima de la imprenta, del Renacimiento y de las tensiones políticas, estaba el viento soberano de Dios soplando a favor de su propia causa. Una vez más, Dios se valió de todo lo necesario para llevar a cabo su plan.