Miguel Núñez • 10 mayo, 2018
Predicar el evangelio en el funeral de una persona no creyente es una tarea difícil, pero es también una oportunidad que no se puede desperdiciar. Hay personas presentes en ese momento que están abiertas al mensaje de una manera que quizás no lo estarían en ningún otro contexto, y esa realidad debe guiar cómo el predicador se acerca a ellas.
El punto de partida no es el evangelio presentado de forma directa, sino el dolor. El pastor Núñez propone comenzar por ese terreno común: la pérdida, el llanto, la herida que todos en ese lugar comparten. Desde ahí, se puede introducir a Cristo como el consolador, aquel que conoce las profundidades del alma humana y que puede ministrar de manera personal a cada herida. Es una entrada honesta, porque el dolor es real, y Cristo tiene algo genuino que ofrecer frente a él. Las salidas que el mundo ofrece —el alcohol, las drogas, el trabajo, el entretenimiento— solo encubren ese dolor sin resolverlo.
Una vez establecido ese puente, el camino natural es presentar quién es Cristo y para qué vino. Dios envió a su Hijo porque cada ser humano ha incumplido la ley divina, y alguien tenía que cumplirla en su lugar. Cristo vino a hacer exactamente eso, y luego se ofreció por el perdón de los pecados para librarnos de pasar una eternidad sin Dios. La oferta es generosa, sin condiciones ni obras de por medio.
Todo esto se puede proclamar sin señalar al difunto ni especular sobre su destino eterno. El evangelio se presenta con fidelidad y claridad, y después se deja el resultado en las manos de Dios.