Miguel Núñez • 15 septiembre, 2017
Vivir en el mundo es inevitable. Mientras estemos de este lado de la gloria, pagaremos facturas, llevaremos a nuestros hijos al colegio, trabajaremos y tomaremos vacaciones en medio de una sociedad que no comparte nuestros valores. La verdadera pregunta no es cómo salir del mundo —Jesús mismo oró en Juan 17 para que el Padre no nos sacara de él— sino cómo habitar ese espacio sin que nos moldee, sin contaminarnos con sus prioridades y seducciones.
La respuesta que el pastor Miguel Núñez propone pasa por algo más profundo que un conjunto de reglas: el desarrollo de una cosmovisión bíblica genuinamente abrazada. No basta con conocerla cerebralmente; hay que haberla comprado con convicción. Eso implica redefinir conceptos tan cotidianos como el éxito. Mientras el mundo mide el éxito en salarios, ascensos y números, el creyente con una orientación vertical lo encuentra en la fidelidad a Dios, la obediencia a su Palabra y una vida de familia ordenada. Cuando esas definiciones están claras, los valores del reino dejan de ser abstractos y se convierten en una brújula real.
Ese anclaje no se sostiene en soledad. La predicación, el estudio de la Palabra, la oración y la comunidad cristiana son medios de gracia que alimentan la santificación y fortalecen la mente para no ser arrastrada por el brillo del mundo. Filipenses 4:8 lo resume con precisión: meditar en lo verdadero, lo bueno y lo amable es una disciplina activa que protege el corazón de la fascinación con lo que nos desvía del reino.