Miguel Núñez • 24 octubre, 2017
La Reforma Protestante no fue simplemente un movimiento religioso interno de la Iglesia; fue una transformación que sacudió cada rincón de la sociedad europea. Su primer y más profundo impacto fue teológico: la recuperación de la verdad de que la salvación no es algo que el hombre puede ganar ni alcanzar por sus propios medios, sino un regalo completamente gratuito que Dios otorga por gracia, a través de la fe en Cristo como Salvador y Redentor. Junto con eso, la Reforma rechazó prácticas como la adoración a los santos, la adoración a María y los libros deuterocanónicos, dando lugar a una Iglesia radicalmente distinta a la de Roma.
El debilitamiento del papado fue inevitable. Durante siglos, los reyes se habían doblegado ante el Papa porque la excomunión significaba, en la mente de la época, una condenación eterna automática. La Reforma rompió ese poder. Y hasta en los gestos más sencillos de la liturgia se expresó esta revolución: el púlpito pasó al centro del culto para afirmar la centralidad de la Palabra, y el pastor se situó detrás de la mesa de comunión —no delante como intercesor— porque no hay intermediario entre Dios y el hombre.
Pero la Reforma fue mucho más lejos que las paredes de la iglesia. Las artes, la música, la educación y la ciencia fueron profundamente moldeadas por una visión de la vida centrada en Dios. Las primeras universidades en Norteamérica fueron fundadas por reformadores y calvinistas, convencidos de que educar al hombre era parte de desarrollarlo conforme a la imagen de Dios. La ética de trabajo protestante —laboriosa, austera y orientada a la gloria de Dios— transformó también la economía y la cultura. Toda área del quehacer humano fue tocada por este movimiento.