Miguel Núñez • 18 junio, 2018
Enseñar el evangelio a alguien que fue abusado sexualmente en su infancia no comienza por pedirle que perdone a quien le hizo daño. Comienza por el punto de partida de todo ser humano: somos pecadores que necesitamos el perdón de Dios. Desde ahí, si el Espíritu obra en el corazón, la persona puede recibir la oferta de gracia en Cristo, arrepentirse, y encontrar en él vida nueva. Solo sobre ese fundamento tiene sentido hablar del perdón hacia quien ofendió.
El pastor Núñez propone un argumento que funciona incluso en términos puramente humanos: quien fue abusado carga con el dolor, el resentimiento y la amargura, mientras que quien lo hizo quizás ni siquiera recuerda lo ocurrido. Aferrarse a esa herida no castiga al ofensor; solo perpetúa el sufrimiento de la víctima. Pero cuando Dios está en la ecuación, hay algo más disponible: la misma gracia que perdonó al creyente es la que le capacita para extender ese perdón hacia el otro. No se trata solo de voluntad propia, sino de una fuerza que viene de afuera.
También es importante no quedarse como víctima permanente. Hay quienes han usado el abuso para justificar conductas posteriores y siguen atrapados en él; otros, a través de la gracia de Cristo, han podido sanar y avanzar. Cristo vino precisamente para eso: para deshacer las obras del diablo, sanar lo que estaba roto y dar esperanza donde no la había. Ese mismo evangelio que salva también restaura, y puede transformar incluso lo más doloroso en terreno de victoria.