Miguel Núñez • 9 agosto, 2017
En los escritos de la Biblia no existe una mezcla entre inspiración divina e inspiración humana. Esta distinción es fundamental: cuando hablamos de la Escritura, no estamos hablando de un texto que surgió del talento, la experiencia o la creatividad de sus autores, sino de palabras que Dios mismo produjo a través de ellos por medio del Espíritu Santo. La participación humana fue real, pero no fue la fuente.
El pastor Núñez lo aclara con una imagen sencilla: los escritores bíblicos fueron como los lapiceros de Dios. Dios no les dictó mecánicamente cada palabra ignorando su personalidad o su nivel de preparación, sino que los inspiró de tal manera que, siendo ellos mismos, escribieron exactamente lo que Él quería decir, incluyendo las palabras precisas que eligieron. De ahí que la Biblia sea inerrante e infalible: su origen no fue la voluntad humana, sino la acción del Espíritu.
Para ilustrar la diferencia, el pastor recurre a ejemplos cotidianos: Shakespeare escribió con talento genuino, y alguien puede sentirse "inspirado" al escribir una carta a su familia. Ese tipo de inspiración tiene valor, puede tener sabiduría e incluso belleza, pero no tiene pretensión de verdad absoluta ni viene de parte de Dios. La inspiración bíblica es de una naturaleza completamente distinta.
El fundamento de esta enseñanza está en las palabras de Pedro en su segunda carta: ninguna profecía de la Escritura fue dada por un acto de la voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios. Esa afirmación lo dice todo.