Miguel Núñez • 4 mayo, 2017
Talentos y dones espirituales no son lo mismo, aunque ambos tienen el mismo origen último: Dios. Entender la diferencia no es un ejercicio académico, sino una cuestión de mayordomía: saber qué tenemos, de dónde viene y para qué nos fue dado.
Los talentos son habilidades que llegan con el nacimiento, transmitidas por vía genética a través de los progenitores. El pastor Núñez lo ilustra de manera cercana al admitir que él mismo tiene dificultad tanto para cantar como para pintar, mientras que otros manifiestan desde temprano una propensión natural hacia esas artes. Los talentos sirven a la humanidad en general, los puede ejercer cualquier persona —creyente o no— y con frecuencia traen gloria al que los posee. Los dones espirituales, en cambio, son dados por el Espíritu Santo después de la conversión, y su propósito primario es ministrar al cuerpo de Cristo. Pablo lo deja claro en 1 Corintios 12 y 14: los dones son para la iglesia.
Otra distinción importante tiene que ver con la motivación. En el talento, la persona suele buscar la excelencia por la excelencia misma, por la reputación o la fama. En el don, la excelencia también importa, pero porque nuestro Dios es un Dios de excelencia, y porque la mejor manera de glorificarlo es mostrar la grandeza de lo que Él mismo ha depositado en una vida.
La Biblia menciona dones concretos —pastor, maestro, misericordia, lenguas, liderazgo, profeta, apóstol— aunque ninguna de las listas de Pablo es exhaustiva. Lo que sí es claro es el criterio para identificarlos: vienen después del nuevo nacimiento, los otorga el Espíritu Santo, y están dados para edificar la iglesia y manifestar la multiforme gracia de Dios.