Miguel Núñez • 10 mayo, 2017
Distinguir entre un gusto excesivo y un vicio no es una pregunta nueva. Desde los tiempos de Aristóteles, Platón y Sócrates, la humanidad ya reconocía que ciertas cualidades —la templanza, la prudencia, la fortaleza y la justicia— contribuyen al florecimiento del ser humano, mientras que otras lo empobrecen y lo esclavizan. Esa distinción clásica entre virtudes y vicios sigue siendo válida hoy, y los creyentes tienen razones aún más sólidas para abrazarla, porque las virtudes cardinales resultan ser completamente congruentes con los valores bíblicos.
Un vicio no es simplemente algo que nos gusta mucho. Lo que define al vicio es su capacidad de dañar al individuo y a la sociedad, y especialmente su potencial de esclavizar. El alcohol, las drogas y el juego de azar son ejemplos de esto: su naturaleza misma tiende a arrastrar al consumo excesivo y a la dependencia. Un gusto, en cambio, comienza siendo algo neutral o incluso bueno en sí mismo. El pastor Núñez ilustra esto con algo tan simple como la preferencia por el color azul: tener más ropa y paredes de ese color que nadie más no representa ningún daño real.
El problema surge cuando lo excesivo convierte algo bueno en algo dañino. Comer es un regalo de Dios, pero cuando el exceso lleva a consecuencias serias para la salud, lo que ha fallado es el dominio propio, que es precisamente un fruto del Espíritu Santo. Y donde falta el fruto del Espíritu, el camino hacia el pecado queda abierto. En última instancia, todo lo que destruye, empobrece o esclaviza al hombre es contrario al carácter de Dios, y eso lo convierte en pecado.