Miguel Núñez • 26 octubre, 2017
Martín Lutero no llegó a la doctrina de la salvación por gracia a través de un estudio teológico tranquilo, sino en medio de una profunda angustia espiritual. Su alma no encontraba paz. Vivía convencido de que Dios lo juzgaba constantemente, y aun dentro del monasterio, después de horas interminables en el confesionario, seguía sintiéndose cargado. Se levantaba, regresaba, pedía perdón por el pecado que creía haber olvidado. La religiosidad exterior no podía darle lo que su alma más necesitaba.
Todo comenzó a cambiar cuando su supervisor Staupitz lo designó como maestro en Wittenberg. Entre 1513 y 1517, Lutero enseñó los Salmos, Romanos, Gálatas y Hebreos. Fue precisamente al preparar esas clases que la Palabra empezó a iluminar su corazón. En Romanos encontró que "el justo por la fe vivirá" y que el evangelio es poder de Dios para salvación de todo el que cree. En el Salmo 32 descubrió la bendición del hombre cuya transgresión no le es contada — justamente lo que él tanto anhelaba. En Gálatas leyó, tres veces en un solo versículo, que ningún hombre será justificado por las obras de la ley. Y en Hebreos comprendió que Cristo es el gran Sumo Sacerdote, y que la ley había quedado atrás.
Lutero describió ese momento de descubrimiento como si las puertas del paraíso se hubieran abierto de par en par. Él mismo lo vivió como un nuevo nacimiento. El pastor Núñez señala que en todo esto se puede ver claramente la mano de Dios guiando a Lutero, libro a libro, para recobrar un evangelio que parecía perdido para la mayoría — porque sin evangelio, no hay salvación.