Miguel Núñez • 8 septiembre, 2017
La formación del canon bíblico no fue el resultado de un solo evento, decisión humana o concilio que determinó arbitrariamente qué libros pertenecían a las Escrituras. Fue un proceso orgánico, guiado por el reconocimiento comunitario a lo largo de siglos. El canon del Antiguo Testamento se fue consolidando a medida que la comunidad hebrea recibía los libros mientras sus autores aún vivían, comenzando con los cinco libros de Moisés, escritos aproximadamente mil cuatrocientos a mil quinientos años antes de Cristo, y extendiéndose hasta completar los treinta y nueve libros que ya eran ampliamente reconocidos para cuando Jesús apareció en la escena. No hubo debate ni votación; simplemente, la comunidad fue dando testimonio de lo que ya sabía que era verdadero.
En cuanto a la organización, los libros no se ordenaron cronológicamente sino por temas: históricos, poéticos y proféticos. Es la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento realizada unos doscientos cincuenta años antes de Cristo, la que establece el orden temático que conocemos hoy. El canon hebreo original, en cambio, terminaba con el segundo libro de Crónicas.
El Nuevo Testamento siguió un camino similar. El Concilio de Cartago del año 397 no se reunió para leer y juzgar los libros desde cero, sino para revisar el testimonio acumulado de trescientos años de historia de la iglesia. Los padres de la iglesia habían citado estos libros y los habían enviado en cartas entre sí; de hecho, el pastor Núñez señala que el noventa y cinco por ciento del Nuevo Testamento podría reconstruirse solo a partir de esas citas. El concilio, entonces, no inventó el canon: simplemente lo oficializó.