Miguel Núñez • 13 septiembre, 2017
Invertir en seguros médicos o de vida no es algo que tenga una respuesta dogmática de sí o no, pero sí exige un examen honesto de la propia fe y las motivaciones del corazón. La pregunta de fondo no es si el plan es costoso o accesible, sino desde dónde se busca la seguridad: si del Señor o de los instrumentos financieros que el mundo ofrece.
Hay situaciones en las que adquirir estos planes puede ser razonable. Si los ingresos de una familia son suficientes para cumplir con sus responsabilidades, contribuir al reino de Dios y aún así costear un seguro sin comprometer su estabilidad, no hay pecado en ello. Incluso el pastor Núñez reconoce que Dios puede mover a algunos creyentes en esa dirección, quizás porque conoce circunstancias que ellos desconocen. Sin embargo, tres señales revelan que algo anda mal: cuando el plan compromete la economía familiar, cuando sin él no hay paz interior, y cuando se asume que tener dinero es razón suficiente para contratarlo.
El pastor Núñez comparte que ni él ni su esposa han tenido seguro de vida, no por considerarlo pecaminoso en sí mismo, sino porque ambos sintieron que Dios les decía que Él era su provisión y su guardador. Violar esa convicción de conciencia habría sido, para ellos, pecado. De igual forma, aunque lleva casi cincuenta años viviendo con diabetes y con limitaciones para obtener cobertura médica, nunca ha angustiado por de dónde vendría el cuidado necesario.
El verdadero problema, concluye, está en que la mayoría de los creyentes buscan estos planes para encontrar en ellos la seguridad que solo debiera hallarse en el Señor. Todo lo que no procede de fe es pecado, como recuerda el apóstol Pablo, y esa es la vara con la que cada cristiano debe medir su propia decisión.