Miguel Núñez • 8 junio, 2018
Cuando un creyente peca, surge una pregunta que puede generar confusión o incluso culpa paralizante: si Cristo ya perdonó todos nuestros pecados, ¿cómo nos acercamos a Dios después de caer? La respuesta comienza con una certeza fundamental: el sacrificio de Cristo fue único, suficiente y definitivo. No hay necesidad de acumular obras ni de renovar continuamente una gracia que ya fue otorgada plenamente. Los pecados pasados, presentes y futuros quedaron cubiertos en la cruz, y ninguna caída posterior cambia ese hecho.
Lo que sí se afecta cuando el creyente peca no es su condición de hijo, sino la calidad de su relación con Dios. El pastor Núñez ilustra esto con una imagen cotidiana: un adolescente que se rebela contra sus padres no deja de ser su hijo, ni ellos dejan de amarlo, pero algo en la relación se daña. Pueden llegar restricciones, consecuencias, pérdida de ciertos privilegios; sin embargo, el vínculo filial permanece intacto. De la misma manera, Dios sigue siendo Padre, y su amor no se retira.
Esas consecuencias que llegan tras el pecado no deben entenderse como castigo, porque el castigo que merecía el pecado ya cayó sobre Cristo. Lo que llega es disciplina, y la disciplina es un acto de amor. Hebreos 12 lo confirma: aunque dolorosa al inicio, produce un fruto apacible de justicia. El Padre disciplina precisamente a quienes ama, para reformar su carácter y encaminarlos hacia una vida más plena.
Por eso, la Palabra llama al creyente a acercarse al trono de la gracia con confianza, no con temor ni vergüenza paralizante. Esa confianza descansa en dos realidades: un Padre de corazón bondadoso y un Cristo que intercede, que fue tentado como nosotros y que se compadece de nuestras debilidades sin justificarlas ni aplaudirlas.