Miguel Núñez • 7 mayo, 2018
El postmodernismo dejó una huella profunda en la manera en que muchas personas se acercan a la Biblia, pero entenderlo bien exige primero situarlo correctamente en la historia. Como señala el pastor Miguel Núñez, el postmodernismo como período dominante ya pasó. Surgió alrededor de 1960 y para los primeros años del siglo XXI ya había cedido su lugar a lo que algunos llaman la "época moderna tardía". Sin embargo, como ocurre con cada etapa de la historia, no desapareció sin dejar rastro: nos legó lo peor de sus convicciones.
El corazón del postmodernismo fue su rechazo a la verdad absoluta y a los llamados metarrelatos, es decir, aquellos marcos de ideas que pretenden explicar toda la realidad humana. El cristianismo es uno de esos metarrelatos. También el marxismo. El postmodernismo, al negar que cualquier sistema pueda ofrecer una explicación total de la vida, terminó socavando su propio fundamento: al afirmar que no hay verdad absoluta, ya estaba proclamando una. Cortó la rama sobre la que estaba sentado.
Esa desconfianza hacia la verdad y la autoridad se trasladó directamente a la lectura de las Escrituras. Quienes abrazaron esa cosmovisión dejaron de reconocer la autoridad, la inerrancia y la infalibilidad de la Biblia. La quitaron del lugar de metarrelato. Y al hacerlo, doctrinas como el infierno se volvieron negociables, y la obediencia dejó de ser una obligación real. No se puede ser genuinamente cristiano y postmoderno al mismo tiempo, porque el postmodernismo vacía de fuerza los absolutos sobre los cuales descansa toda la fe.