Miguel Núñez • 13 julio, 2017
La pornografía es una de las adicciones más devastadoras y accesibles de nuestra época. A diferencia de sustancias como la cocaína, que requieren recursos económicos para ser consumidas con frecuencia, la pornografía está disponible de forma gratuita, ilimitada y en todo momento. Esa disponibilidad constante es precisamente lo que la hace tan peligrosa y lo que ha disparado su consumo de manera exponencial en nuestra cultura.
Pero antes de hablar de soluciones, hay una pregunta que no se puede esquivar: ¿quiere salir la persona que está atrapada en esto? Sin ese deseo genuino, ninguna herramienta funciona. Cuando alguien realmente quiere ser libre, hay pasos prácticos que pueden ayudar: buscar a alguien de confianza a quien rendirle cuentas, instalar filtros de contenido, e incluso formar pequeños grupos donde los miembros pueden ver mutuamente lo que el otro navega en sus dispositivos. El pastor Núñez también menciona sistemas donde, si alguien visita una página inapropiada, un amigo de confianza recibe una notificación automática y puede confrontarle. Estas herramientas, sin embargo, solo funcionan si la persona está comprometida a usarlas honestamente.
Lo que llevó a alguien a la pornografía fue la adoración: la adoración del placer, del sexo, de uno mismo. Y lo que puede sacarlo de ahí es también la adoración, pero dirigida al Dios verdadero. Solo el Espíritu Santo puede romper esas cadenas. El pastor Núñez señala además que detrás de la pornografía operan fuerzas espirituales reales, algo que se evidencia en la forma en que prácticas ocultistas y paganas a lo largo de la historia han vinculado la idolatría con la inmoralidad sexual, como ocurría en el templo de Corinto. Esa dimensión espiritual explica por qué tantas personas, a pesar de querer salir, encuentran una resistencia tan intensa.