La Reforma Protestante no fue simplemente una división dentro de la Iglesia Católica ni una rebelión personal de Martín Lutero. Fue una revolución de cosmovisión que transformó profundamente a las sociedades que la abrazaron. Las naciones moldeadas por esa nueva manera de entender a Dios, el trabajo y la vida humana experimentaron un desarrollo económico, educacional y científico radicalmente distinto al de aquellas que no fueron alcanzadas por ese movimiento. Latinoamérica, lamentablemente, quedó fuera de ese impacto.
La cronología lo dice todo: Lutero clavó sus 95 tesis en 1517, apenas 25 años después de que América fuera descubierta. Desde ese momento, nuestro continente quedó marcado por una herencia distinta, una que nunca recibió la luz de las doctrinas de la gracia ni la ética de trabajo que brotó de la Reforma. Eso explica, en buena medida, el rezago que aún hoy caracteriza a muchas de nuestras naciones.
Sin embargo, algo ha comenzado a cambiar. El pastor Núñez describe lo que él mismo ha podido observar en sus viajes por Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia, Venezuela, Colombia, Perú, México, Centroamérica y el Caribe: un despertar genuino a las enseñanzas de la Reforma, con grupos e iglesias que están abrazando una teología bíblica centrada en Dios.
La esperanza que hoy existe en Latinoamérica es una que no existía hace veinte ni cincuenta años. La luz que Europa vio amanecer hace cinco siglos ha comenzado a iluminar nuestras naciones. El llamado es claro: orar, unirse a ese movimiento y sostener lo que Dios está haciendo en este continente.