Miguel Núñez • 26 abril, 2017
Una de las preguntas más frecuentes que genera la lectura del Génesis es aparentemente sencilla, pero toca el corazón de cómo entendemos los comienzos de la humanidad: si Caín fue hijo de Adán y Eva, ¿de dónde vino su esposa? La respuesta no está escrita de forma explícita en las Escrituras, pero la lógica del relato bíblico permite reconstruirla con claridad.
Adán vivió más de novecientos años en un mundo que todavía no experimentaba las mismas condiciones que conocemos hoy. En ese contexto, Adán y Eva pudieron haber tenido muchos hijos e hijas. La Biblia no detalla cada nacimiento, pero esto no significa que no ocurrieran. La conclusión lógica es que los hijos de Adán y Eva se casaron entre sí, y de esas uniones fue creciendo la raza humana. Ahora bien, ¿no era eso incorrecto? La ley de Moisés, que prohíbe el matrimonio entre familiares cercanos, vino mucho después. En los comienzos de la humanidad, esa prohibición no existía. Y hay una razón que puede ayudar a entenderlo: las malformaciones congénitas que hoy resultan de uniones entre parientes son en parte consecuencia del deterioro genético acumulado a lo largo del tiempo, agravado por el diluvio y por los efectos de la caída. En condiciones originales, esas complicaciones probablemente no se presentaban de la misma manera.
Todo esto apunta a algo más amplio: la revelación de Dios al ser humano es progresiva. Así como un estudiante no aprende todo en kindergarten sino que va avanzando de grado en grado, Dios fue entregando su revelación de manera gradual hasta completarla. Lo que no estaba regulado al principio fue siendo clarificado con el tiempo, sin que eso signifique que Dios lo aprobara o desaprobara en silencio, sino que su enseñanza al hombre sigue un ritmo pedagógico que Él mismo determina.