Miguel Núñez • 17 julio, 2017
La idea de que Dios no quiere que sus hijos pasen por enfermedades ni sufrimientos no es una verdad bíblica: es una de las afirmaciones más peligrosas del llamado Evangelio de la prosperidad. Pensar que la salud perfecta y la ausencia de aflicción son señal de caminar bien con Dios contradice de manera directa lo que la Escritura enseña y lo que la historia del pueblo de Dios ha demostrado. Moisés pasó cuarenta años en el desierto. Los profetas fueron perseguidos. Según algunas tradiciones, Isaías murió aserrado dentro de un tronco hueco. Los apóstoles fueron martirizados. Y el mismo Señor Jesucristo terminó clavado en una cruz. Si el sufrimiento fuera evidencia de pecado o de falta de fe, ninguno de ellos podría considerarse fiel.
El libro de Job lo deja en claro de forma contundente. Job fue grandemente afligido no por haber pecado, sino siendo un hombre íntegro. Sus amigos cometieron el error de suponer lo contrario, y al final fueron reprendidos por haber hablado sin conocer verdaderamente el carácter de Dios. La tribulación no es señal de abandono divino; es uno de los instrumentos que Dios usa para santificar a sus hijos.
Pablo lo afirma en Romanos 5: la tribulación produce paciencia, la paciencia carácter probado, y el carácter probado esperanza. El pastor Núñez lo resume con una imagen sencilla y poderosa: la profundidad del valle por el que atravesamos es directamente proporcional al crecimiento que obtendremos. La tribulación nos humilla, destruye nuestro orgullo, nutre nuestra vida de oración y nos lleva a ver a Dios más grande. Y es precisamente un Dios visto como grande en medio de la necesidad el que nos permite crecer en fe, amor y obediencia.