Miguel Núñez • 23 julio, 2018
Desde el momento en que somos concebidos, somos pecadores. No porque hayamos cometido un acto malo todavía, sino porque nacemos con una naturaleza caída que nos precede y nos define. Esta es la enseñanza clara de las Escrituras, y el pastor Núñez la desarrolla respondiendo directamente a quienes podrían dudar de que algo tan absoluto pueda ser verdad.
David mismo confesó que fue concebido en pecado, y el salmista señala que los impíos se desvían desde la matriz. Cuando Adán y Eva pecaron, dejaron de ser criaturas inocentes para convertirse en pecadores. Y los pecadores solo pueden engendrar pecadores. El alma ya existe desde la concepción, y ya llega marcada por esa condición caída. Por eso el pastor Núñez también conecta esto con el tema del aborto: si hay alma desde la concepción, hay vida humana, y eliminarla es un crimen.
La ilustración que trae es sencilla pero poderosa: un niño de dos años al que se le prohíbe tocar algo, lo toca, y al ser mirado esconde la mano. Ese niño todavía no sabe hablar, pero ya sabe mentir. Nadie le enseñó a pecar; lo hace por naturaleza. Lo que hay que enseñarle, con esfuerzo y constancia, es a hacer lo correcto.
La única excepción en la historia fue Jesús, quien no fue concebido por un padre humano sino por el Espíritu Santo en María. Esa concepción sobrenatural lo preservó de heredar la condición pecaminosa. El resto de nosotros, sin excepción, somos pecadores, y más profundamente de lo que solemos reconocer.