El don de hablar en lenguas es una habilidad especial que el Espíritu Santo confiere al creyente, pero entenderlo bien exige distinguir entre dos experiencias que la Biblia describe de manera diferente. Confundirlas ha generado mucha confusión, y el pastor Núñez aclara con cuidado en qué consiste cada una y por qué no son lo mismo.
La primera experiencia es la de Pentecostés en Hechos 2. Allí, Pedro predicó en su propio idioma y personas de distintas naciones lo escucharon cada una en su lengua nativa, sin necesidad de intérprete alguno. Ese don tuvo un propósito evangelístico claro: tres mil personas nacieron de nuevo ese día. La segunda experiencia es la que Pablo describe en 1 Corintios 14, donde el que habla en lenguas se edifica a sí mismo porque está hablando directamente con Dios en un lenguaje que los demás no comprenden. Por eso Pablo instruye que, si no hay quien interprete, la persona debe guardar silencio en la congregación, pues nadie puede decir amén a lo que no entiende.
La diferencia es sustancial. El lenguaje de Hechos 2 no requería intérprete y servía para alcanzar a los perdidos. El lenguaje de 1 Corintios 14 sí requiere intérprete y nunca podría usarse con propósito evangelístico. Pablo incluso advierte que si incrédulos entran a una reunión donde todos hablan en lenguas sin orden ni interpretación, pensarán que todos están locos. Por eso establece límites claros: no más de dos o tres, en orden, y solo si hay quien interprete.