Miguel Núñez • 5 mayo, 2017
La pena de muerte es un tema que genera debate dentro del mundo cristiano, y ese debate existe precisamente porque la Biblia lo plantea. Si las Escrituras no lo mencionaran, probablemente no estaría en la conversación. Esa sola realidad ya dice algo sobre el peso que este tema merece.
Hay quienes dentro del cristianismo argumentan que la pena de muerte no debería seguir vigente hoy, apelando a los principios de gracia, misericordia y perdón del Nuevo Testamento, y al hecho de que la ley de Moisés fue cumplida por Cristo. Sin embargo, quienes sostienen que sí debe continuar lo hacen señalando que Génesis 9.6 no formó parte de la ley mosaica, sino de las leyes de la creación, las cuales permanecen vigentes. A eso se suma lo que enseña Romanos 13: el gobierno es ministro de Dios para vengar lo mal hecho, y no en vano lleva la espada.
El fundamento más profundo de este argumento no es legal sino teológico: el ser humano lleva la imagen de Dios. Quitarle la vida a otro no es simplemente un crimen contra una persona; es un atropello contra esa imagen. El libro de Santiago advierte que incluso hablar mal de un hermano daña la imagen de Dios en él. Cuánto más, entonces, el arrebatarle la vida.
Nuestra generación, sin embargo, ha perdido sensibilidad hacia la vida humana. El aborto, las películas saturadas de violencia y la forma gráfica en que los medios reportan las muertes nos han ido insensibilizando. Por eso la pena de muerte nos horroriza, cuando en realidad debería ser el alto valor de la vida lo que más nos importe. Esta pena, además, corresponde exclusivamente al gobierno —no al individuo agraviado— y debe aplicarse solo cuando la culpabilidad ha sido establecida con toda certidumbre.