Miguel Núñez • 17 agosto, 2017
El bautismo de niños para salvación no tiene respaldo bíblico. Esa es la respuesta clara que surge al examinar el propósito del bautismo en el Nuevo Testamento: no es un rito que produce la salvación, sino un testimonio público de algo que ya ha ocurrido en el interior del creyente. Quien se bautiza declara ante la comunidad que ha nacido de nuevo, que sus pecados han sido perdonados por Cristo y que ha comenzado a caminar en una vida nueva. Por eso, cuando alguien desciende al agua, está simbolizando que el hombre viejo quedó atrás; y cuando sale, está proclamando que vive conforme al hombre nuevo. Todo eso implica fe consciente, y un niño no puede ejercerla.
El bautismo de Cristo ofrece una comparación iluminadora. Cuando Jesús fue bautizado por Juan, ese acto sirvió como testimonio público de quién era Él ante la nación de Israel: el Padre habló desde el cielo, el Espíritu descendió en forma de paloma, y la identidad de Cristo como Mesías fue revelada. De manera análoga, nuestro bautismo nos introduce a la comunidad cristiana como creyentes y da testimonio de que somos hijos de Dios adoptados en su familia.
La Gran Comisión de Mateo 28 lo confirma: el mandato es primero hacer discípulos, y luego bautizarlos. Un discípulo es alguien que ya puso su fe en Jesús; el bautismo sigue a esa realidad, no la precede ni la produce.
Vale aclarar que algunos presbiterianos bautizan a sus hijos no para salvación sino como símbolo de bienvenida a la familia cristiana. Aunque esa práctica tampoco se comparte aquí, al menos reconoce correctamente que el bautismo no salva ni perdona pecados.