Miguel Núñez • 18 abril, 2017
El diezmo tal como existió en el Antiguo Testamento no está vigente hoy de la misma manera. En Israel, el diezmo funcionaba como un sistema tributario compuesto por tres tipos distintos de aportación: uno destinado al sostenimiento de los levitas, quienes no recibieron tierra al repartirse Canaán; otro para las actividades del templo y las fiestas religiosas; y un tercero que se recogía cada tres años para atender a los pobres. Ese sistema, en su forma específica, no existe en el Nuevo Testamento, y no hay ningún pasaje que lo ordene de manera obligatoria.
Sin embargo, las necesidades que le dieron origen sí permanecen. Los pastores necesitan sostenimiento, las iglesias tienen gastos reales, y los pobres siguen entre nosotros. Porque esas realidades no han cambiado, el pueblo de Dios tiene hoy la misma responsabilidad de ofrendar que tuvo Israel en el pasado. Lo que sí cambia es la perspectiva desde la que se da.
El Nuevo Testamento no establece un estándar menor, sino uno más profundo: todo le pertenece a Dios, y la pregunta ya no es cuánto debo dar, sino con cuánto me quedo. El pastor Núñez lo ilustra con claridad: quien gana cien millones de dólares al año y solo da el diez por ciento, se queda con noventa millones. Difícilmente Dios estaría satisfecho con eso. El llamado del Nuevo Testamento es a dar con generosidad, con alegría y de manera voluntaria.
En ese marco, el diezmo funciona como un punto de partida, no como un techo. Y dar, antes que beneficiar a Dios que no necesita nuestro dinero, nos beneficia a nosotros: nos libera del poder que el dinero ejerce sobre el alma.