Miguel Núñez • 23 agosto, 2017
La pregunta es directa y la respuesta también debe serlo: bíblicamente, no existe ninguna base para que María o los santos intercedas por los creyentes ante Dios. El Nuevo Testamento establece con claridad que hay un solo mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús. Ese único versículo, señala el pastor Núñez, debería ser suficiente para cerrar el debate.
Pero hay algo más profundo que considerar. Cuando Cristo murió y el velo del templo se rasgó en dos, Dios abrió el acceso directo a su trono para cada creyente, en cualquier momento y en cualquier lugar. Buscar un intermediario adicional sería tan ilógico como si un presidente le diera acceso personal y directo a cada ciudadano de su nación, y aun así esos ciudadanos prefirieran buscar a alguien más para conseguir una cita con él. La gracia ya abrió la puerta; no tiene sentido rodearla.
La raíz del problema está en que Roma no terminó de transitar el cambio que el Nuevo Testamento trajo. En el Antiguo Testamento, el sacerdote intercedía por el pueblo ante Dios y el profeta hablaba al pueblo de parte de Dios. Roma trasladó esa lógica al presente, asignándole a María y a los santos canonizados por el clero ese papel de intermediarios. Pero en ningún lugar de las Escrituras Dios delegó esa autoridad en ningún ser humano, vivo o muerto.
Y ahí está el nudo: cuando la tradición y el magisterio de la iglesia se colocan al mismo nivel que las Escrituras, como afirma el Catecismo Católico, prácticas sin fundamento bíblico encuentran espacio para crecer. La sola Escritura no es un eslogan reformado; es la única salvaguarda que mantiene a la iglesia anclada a lo que Dios realmente ha dicho.