Miguel Núñez • 15 agosto, 2017
Orar por los difuntos es una práctica que muchos dan por válida sin preguntarse si realmente tiene fundamento en la Palabra de Dios. La respuesta corta es que no lo tiene, al menos no en los libros que la tradición hebrea y la Reforma reconocen como inspirados. El único respaldo para esta práctica proviene del segundo libro de Macabeos, uno de los llamados libros apócrifos, textos escritos en el período intertestamentario que la comunidad judía nunca consideró parte del canon sagrado. Esos libros pueden contener datos históricos o cierta sabiduría humana, pero no llevan el sello de infalibilidad que distingue a las Escrituras.
El problema de fondo es que los libros apócrifos contienen doctrinas que contradicen el resto de la Biblia. Macabeos, por ejemplo, habla de ofrecer sacrificios para que los pecados de los muertos sean perdonados, y de interceder en oración por ellos. Pero la Palabra es clara: el hombre muere una sola vez, y después viene el juicio. El perdón de los pecados se obtiene de este lado de la gloria, mediante el sacrificio de Cristo, no después de la muerte.
Lo que resulta revelador es que la Iglesia de Roma no reconoció oficialmente estos libros como inspirados sino hasta el Concilio de Trento en 1546, precisamente veintinueve años después de que Lutero clavara sus tesis. No es casualidad: sin esos libros, muchas de las tradiciones que Roma venía practicando quedaban sin respaldo alguno. Incluso hoy es común escuchar en funerales católicos que el difunto es ahora un ángel que puede interceder por los vivos, una idea que tampoco encuentra apoyo en las Escrituras.
Conocer qué libros tienen autoridad divina y cuáles no es, entonces, algo que afecta directamente lo que creemos y cómo vivimos la fe.