Miguel Núñez • 13 junio, 2018
Ser irreprensible no significa ser perfecto. Esa es la aclaración que urge hacer antes de responder si un pecado descalifica a un pastor o anciano para el ministerio. La norma bíblica no exige impecabilidad —eso solo se cumple en Cristo— sino que el testimonio de ese líder no esté marcado por patrones de pecado que lo pongan en constante necesidad de ser llamado a cuentas por quienes lo rodean.
Hay pecados que sí descalifican, y el pastor Núñez identifica algunos con claridad: la inmoralidad sexual es el más visible y escandaloso, pero también el robo o mal manejo de finanzas, y la mentira habitual forman parte de ese grupo. Incluso la vida disoluta de los hijos de un pastor puede convertirse en señal de descalificación, dado que la familia pastoral sirve de ejemplo a la congregación. En cada caso, sin embargo, es necesario analizar las circunstancias concretas en lugar de aplicar una regla rígida que no distinga entre situaciones distintas.
Lo que verdaderamente define la irreprochabilidad no es la ausencia de caídas, sino la manera en que el pastor lidia con su pecado cuando este ocurre. Quien falla, lo reconoce, va delante de Dios, se arrepiente y establece límites, está respondiendo con integridad. El problema surge cuando el pecado se vuelve frecuente, o cuando se hace conocido en la congregación, porque entonces ya afecta a las ovejas y compromete la autoridad moral del pastor. El ejemplo de Moisés ilustra esto con precisión: no entró a la Tierra Prometida porque, delante de su pueblo, no trató a Dios como santo.