Miguel Núñez • 7 julio, 2017
Congregarse no es simplemente una costumbre religiosa ni una obligación rutinaria: es una necesidad espiritual profunda para todo creyente. La imagen de una fogata lo dice con claridad. Cuando los trozos de madera están juntos, arden. Cuando se separan, el fuego se apaga. Los cristianos funcionamos de la misma manera: juntos ardemos en fe; separados, nos enfriamos.
Hebreos 10:25 no prohíbe dejar de congregarse de forma arbitraria. Lo hace porque la reunión del pueblo de Dios produce efectos reales que no pueden reproducirse en solitario. Escuchar la predicación de la Palabra en comunidad, adorar junto a otros creyentes, orar y compartir peticiones de oración: todo esto multiplica la fe de una manera que ninguna pantalla o transmisión puede reemplazar. El pastor Núñez recuerda las palabras de Martyn Lloyd-Jones, quien por mucho tiempo se resistió a que grabaran sus sermones, convencido de que la acción del Espíritu Santo en el momento de la reunión no podía ser capturada ni reproducida.
Quien deja de congregarse termina viviendo como una isla, privándose de la exhortación mutua que nos impulsa a crecer en santidad y a captar dimensiones del mensaje que solos habríamos perdido. Eclesiastés 4:12 lo confirma: un cordón de tres hilos no se rompe fácilmente. La unidad fortalece; la soledad debilita. Cuando el creyente está solo, es más vulnerable. Cuando está unido a sus hermanos —y a Cristo como el tercer hilo que sostiene el vínculo—, su fe se sostiene y crece.