Miguel Núñez • 11 julio, 2018
El cuerpo humano es templo del Espíritu Santo, y esa realidad trae consigo una responsabilidad concreta: cuidarlo con mayordomía fiel. Pero esa responsabilidad no se limita a quienes tienen desórdenes alimenticios. Abusar del cuerpo tiene muchas formas: fumar, beber alcohol en exceso, practicar deportes que generan daño físico comprobado como el boxeo —que médicamente causa microtraumas cerebrales y ha llevado a muchos atletas a la demencia— y también el descuido en la alimentación que deriva en obesidad, con sus consecuencias reales de depresión, infarto y osteoartritis, entre otras.
Sin embargo, hay otro extremo igualmente peligroso que suele pasar desapercibido: la obsesión con mantener el cuerpo perfecto. Quienes se pesan a diario, se miran constantemente al espejo, recurren a laxantes o al vómito provocado no están cuidando su cuerpo —lo están idolatrando. En ese caso, el problema no es falta de dominio propio en la mesa, sino que el cuerpo ha ocupado un lugar que no le corresponde en el corazón.
El dominio propio, que Pablo enumera entre los frutos del Espíritu en Gálatas 5:22-23, es la virtud que está en juego en todos estos escenarios. Cuando ese dominio falta, el daño no es solo físico: es una falla en la mayordomía sobre algo que Dios nos ha confiado. Cuidar el cuerpo con equilibrio —sin obsesión, pero con responsabilidad— es una forma concreta de honrar al Dios que habita en nosotros y de preservar la calidad de vida que Él mismo nos ha dado.