Miguel Núñez • 24 noviembre, 2017
La resurrección de Cristo no fue solo un evento puntual en la historia de la redención: fue el inicio de algo permanente. Jesús no volvió a la vida para luego dejar atrás su humanidad; la naturaleza humana que tomó en la encarnación es ahora suya para siempre. Eso significa que el Hijo de Dios, quien nunca tuvo un cuerpo antes de venir al mundo, ahora lo tiene por la eternidad, glorificado, pero genuinamente humano.
Y lo que es verdad de Cristo anticipa lo que será verdad de nosotros. Al final de los tiempos, los sepulcros se abrirán, los cuerpos resucitarán y se reunirán con el alma para habitar con el Señor para siempre. Dios no desecha lo que creó; lo glorifica. El mismo cuerpo que Él entretejió en el vientre de nuestra madre será redimido y transformado. Como lo describe Pablo en 1 Corintios 15, lo que se siembra en deshonra y debilidad, se levanta en gloria y en poder. La diferencia entre ambos es real y profunda, pero la continuidad también lo es.
Una imagen concreta ayuda a ver esto con claridad: en la última cena, Jesús prometió a sus discípulos que volvería a beber vino con ellos en su reino. Esa promesa, señala el pastor Miguel Núñez, no tiene sentido si lo que nos espera son almas flotantes sin cuerpo. La gran cena del Cordero es una celebración encarnada, compartida con un Cristo que tiene cuerpo, con creyentes que también lo tendrán. La eternidad no es una existencia etérea, sino una vida plena, gloriosa y real.