Miguel Núñez • 22 junio, 2018
La pregunta sobre el rol de la mujer en la congregación local suele despertar controversia, pero la Biblia ofrece una dirección más clara de lo que muchos suponen. Todo comienza en el Génesis: Dios creó a Adán primero, le entregó responsabilidades, lo puso al frente del huerto y le dio las instrucciones directamente a él. Eva fue creada como ayuda idónea, y fue Adán quien debía instruirla. Desde el principio, el liderazgo fue depositado en el hombre, y cuando el pecado entró al mundo, fue a Adán a quien Dios responsabilizó por las consecuencias que cayeron sobre la humanidad.
Pablo recoge precisamente ese fundamento creacional en 1 Timoteo 2:12 cuando escribe que no permite que la mujer enseñe ni ejerza autoridad sobre el hombre. La razón que él mismo da no es cultural ni circunstancial: Adán fue creado primero, y Eva fue la engañada. El apóstol se remonta al orden de la creación y a lo ocurrido en la caída para fundamentar este límite en la iglesia y en la familia.
Sin embargo, esto no significa que la mujer tenga un papel menor o irrelevante. El pastor Núñez señala que en su propia congregación las mujeres enseñan a otras mujeres, aconsejan, cuidan a los niños, sirven como diaconistas, participan en misiones y forman parte del equipo administrativo del ministerio. Ninguna iglesia puede alcanzar su pleno potencial sin la participación activa de las mujeres.
Fuera del ámbito de la iglesia y la familia, la Escritura no legisla de la misma manera. Una mujer puede enseñar en una universidad secular o ejercer funciones de liderazgo en la sociedad, siempre que no descuide las prioridades que Dios le ha confiado en su matrimonio y en el cuidado de sus hijos.