Miguel Núñez • 5 abril, 2017
A primera vista, parece haber una contradicción entre lo que Santiago afirma —que Dios no puede ser tentado— y lo que el resto del Nuevo Testamento declara: que Jesús fue tentado en todo. Sin embargo, esta tensión se resuelve al entender quién es Jesús realmente y cómo opera su persona.
Dios no puede ser tentado porque su santidad no es un esfuerzo ni una disciplina; es lo que Él es de manera inmutable. No tiene debilidades, no tiene deseos pecaminosos, y sus atributos —justicia, omnisciencia, omnipotencia— hacen imposible que una tentación lo haga caer. Eso no cambia con la encarnación. Lo que cambia es que en Jesús conviven dos naturalezas: una divina y una humana. La naturaleza humana de Jesús experimentó sed, cansancio, sueño, y crecimiento en sabiduría —como lo registra Lucas 2— porque esas son limitaciones propias de lo humano. Y fue precisamente esa naturaleza humana la que fue tentada, no la divina.
El pastor Núñez ofrece una ilustración que ayuda a visualizar esto: cuando Jesús fue bautizado en el Jordán, se hundió en el agua como cualquier hombre; pero cuando caminó sobre el mar en medio de la tempestad, estaba ejerciendo su omnipotencia divina. De la misma manera, Jesús sintió la tentación desde su humanidad, pero hizo uso de su naturaleza divina para no ceder a ella, permaneciendo sin pecado hasta la cruz.
Todo esto importa porque es precisamente esa combinación —plenamente humano para representarnos, plenamente divino para no fallar— lo que califica a Jesús como el sustituto perfecto que puede pagar por nuestros pecados.