Miguel Núñez • 3 mayo, 2018
Decir que Dios envió a José a Egipto, cuando fueron sus hermanos quienes lo vendieron por envidia, parece una contradicción. ¿Cómo puede Dios ser el autor de algo tan doloroso sin ser al mismo tiempo responsable del pecado que lo hizo posible? La respuesta está en entender que no toda causa es igual, y que detrás de cada acción humana pueden operar simultáneamente causas de distinto nivel.
Para clarificarlo, el pastor Núñez recurre a dos ilustraciones poderosas. Cuando se forma un ciclón, los meteorólogos explican cambios de temperatura, presión barométrica y corrientes de aire. Todo eso es real. Pero Dios, que gobierna la creación, pudo haber intervenido y no lo hizo. En ese sentido, Él es la causa última de la tormenta, aunque los vientos sean la causa inmediata. Lo mismo ocurre con la crucifixión: fueron los líderes judíos y los romanos quienes clavaron a Jesús, pero Hechos 4 y Romanos 3:25–26 dejan en claro que fue Dios quien lo exhibió públicamente como propiciación, usando las manos de otros para cumplir su propósito eterno.
Aquí entra la distinción entre causa instrumental y causa última, que el pastor ilustra con un martillo y un clavo: el martillo golpea, pero la fuerza y la intención pertenecen a quien lo empuña. Los hermanos de José fueron el instrumento; la dureza, la malicia, el pecado, estaba en ellos. Dios no puso esa intención. Simplemente usó lo que ya existía en sus corazones para llevar a cabo su propósito soberano.
Así, la soberanía de Dios y la responsabilidad humana no se contradicen. Dios puede ser el autor del plan sin ser el autor del pecado. Los hermanos son culpables. José lo sabe. Y sin embargo, puede decirles con toda honestidad: fue Dios quien me envió aquí.