Miguel Núñez • 7 junio, 2018
Prestar dinero con intereses no es, en sí mismo, un pecado según la Biblia, pero la línea entre un interés legítimo y la explotación puede cruzarse con más facilidad de lo que pensamos. Esta tensión es la que la Palabra de Dios aborda con seriedad, y vale la pena entenderla bien para que el cristiano pueda actuar con sabiduría e integridad en sus finanzas.
En el Antiguo Testamento, Dios prohibió a los israelitas prestarse dinero entre sí con intereses. La razón no era arbitraria: Dios conocía el camino de sufrimiento, persecución y esclavitud que ese pueblo enfrentaría, y quiso cultivar entre ellos un espíritu genuino de hermandad y ayuda mutua. Era una provisión para una nación con una historia particular. Esa prohibición, aunque no se traslada con el mismo peso al Nuevo Testamento, sí revela el corazón de Dios frente a quienes abusan de la necesidad del otro.
Lo que sí está claramente condenado en la Escritura es la usura: el préstamo con intereses desproporcionados y abusivos. El pastor Núñez ilustra esto con un ejemplo concreto: si un banco presta al 6% anual y alguien presta al 1% diario —lo que equivale al 365% anual— esa diferencia deja al descubierto no un negocio legítimo, sino explotación. Y aunque siempre hay justificaciones disponibles —como la cantidad de personas que no pagan—, las justificaciones no cambian la naturaleza del acto.
El cristiano puede prestar dinero a un interés razonable, comparable al de las instituciones bancarias, sin que eso constituya pecado. Pero debe cuidarse de que el amor al dinero no lo lleve, poco a poco y casi sin notarlo, a traspasar esos límites.