Miguel Núñez • 21 agosto, 2017
La doctrina de la virginidad perpetua de María no tiene respaldo en la Biblia. La Escritura usa una palabra que describe a María como mujer joven y virgen en el contexto específico del embarazo de Jesús, pero en ningún momento enseña que ella haya permanecido virgen el resto de su vida. Esta creencia se desarrolló dentro de la tradición católica romana, siendo formulada oficialmente en el Segundo Concilio de Constantinopla en el año 553, reforzada por teólogos como Tomás de Aquino y confirmada como dogma por el Papa Pablo IV en 1555. La tradición llega incluso a afirmar que el himen de María permaneció intacto al momento del parto, una afirmación para la cual la Palabra de Dios no ofrece ningún fundamento, ni siquiera de forma remota.
Por el contrario, la Biblia menciona en varios pasajes a los hermanos de Jesús, y significativamente, estos aparecen siempre junto a María. Aunque la palabra original puede referirse en algunos contextos a primos, no tendría sentido que María anduviera constantemente acompañada de primos de Jesús. La lectura más natural es que se trata de hijos de María, nacidos después de Jesús.
Detrás de esta doctrina hay una comprensión distorsionada de la sexualidad humana que tiene raíces en el pensamiento de Agustín, quien tras una vida de promiscuidad antes de su conversión tendió a ver el sexo como algo intrínsecamente pecaminoso. Sin embargo, Dios ordenó la sexualidad antes de la caída, cuando mandó al ser humano a ser fecundo y multiplicarse. La sexualidad no es pecado; es un don que Dios diseñó desde la creación.